sábado, 11 de febrero de 2012

Brevísimas digresiones sobre el III capítulo del "Discurso del Método" y la "carta a Elizabeth" de René Descartes.

Manuel Donado Solano

En el tercer capítulo de la obra de René Descartes, "El Discurso del Método" y el cual lleva por título "Algunas reglas de la moral sacadas del método", no cabe duda que el padre del racionalismo deja entrever que es menester equiparse de unas máximas que no nos hagan perder el rumbo en el juicio moral de las acciones que inevitablemente hemos de acometer.
Así las cosas, para nuestro filósofo de marras, al elaborar nuestros juicios sobre las normas morales imperantes, además de su acatamiento y observancia, es importante confrontarlas con los hechos y así podremos evaluar si realmente se es coherente con ellas en nuestra praxis, permitiéndonos esto observar con gran objetividad si su apropiación corresponde a un acto consciente o no; ya que hay una gran diferencia entre quien actúa a conciencia, internalizando dichos preceptos, y quien lo hace pero sin apropiarse o hacer suyo en esencia la naturaleza de la norma o precepto moral.

Además de lo arriba expuesto, nos informa el filósofo francés, que cada vez que se veía abocado a inclinarse por una opinión que evaluara la pertinencia o no de un precepto moral, primero que todo analizaba entre sus congéneres si su praxis social derivada de aquella se enmarcaba en la mesura y la sobriedad; y así evitar los excesos o extremos, algo que consideraba como funesto y no deseable.

En esta misma línea de pensamiento, otro rasgo distintivo que nos muestra el pensador galo, es lo que podría considerarse como el predominio de la razón en su papel rector al momento de elegir o  asumir las normas morales a seguir; ya que al hacerlo ésta, lo hace de manera cierta y fundada.
Así las cosas, y siendo consecuente con lo que se ha venido planteando, este sería el mejor antídoto contra la incertidumbre y así evitar los constantes aplazamientos y dudas en nuestros actos que tantas inquietudes y remordimientos nos causan a cada momento.

Y por último, en lo que atañe al tercer capítulo, podríamos decir sin temor a equívoco alguno, que para Descartes la única propiedad consciente y segura, es la de nuestros razonamientos, en el sentido de saber con certeza qué podemos o debemos tener, partiendo, claro está, de si nuestra voluntad se inclina por naturaleza a las cosas que nuestro entendimiento les presenta en cierto modo como posibles. Esta aseveración tiene vsu fundamento en el desconocimiento de la solidez en las aspiraciones de los bienes que están completamente fuera de nuestro alcance y a los que nuestra voluntad no se inclina.

En lo concerniente a la "Carta a Milena", el autor deja entrever a la destinataria un poco su decepción por no haber hallado en la lectura de "Sobre la vida feliz" de Séneca, los verdaderos derroteros para llegar a la felicidad natural.
Según Descartes, es de capital importancia deslindar la conceptualización que se tenga de lo que es la dicha y lo que es la felicidad.
Para él, dicha es aquel regocijo que proviene del hecho de apropiarnos de algo que está fuera de nuestro alcance y que por lo tanto no depende de nosotros. Y la felicidad, es aquel estado de satisfacción espiritual o en el mejor de los casos una especie de "ataraxia" insuflada por la razón.

Así las cosas, la verdadera felicidad hace su aparición cuando somos dueños de sí mismos y conscientes hasta donde han de llegar nuestros logros y posibilidades. Sólo así la angustia y el sufrimiento por no poseer lo que nos es ajeno, darían paso a ese contentamiento de saber a qué somos merecedores.
Para corroborar lo anterior, Descartes recaba en sus tres máximas que vimos en el capítulo III del Discurso del Método.
Teniendo en cuenta todo lo expuesto, me inclino a plantear sobre las máximas que nuestro autor decide esbozar en el plano de la moral, que éstas tienden a apertrecharnos de medios muy claros y rigurosos que nos harán analizar, sopesar y decidir cuales han de ser nuestras normas de comportamiento en el entorno social en el cual nos movemos.
Creo que nadie podría dudar que la observancia de lo establecido, sometido al juicio severo que evalue su validez junto a la resoluta determinación de unas normas morales que nos hagan conscientes del alcance de nuestras posibilidades en lo que hemos de alcanzar de manera serena y clara, sería echar las bases de una regulacón en cierto sentido parca y mesurada en todo nuestro arquetipo racional.

Bajo estos parámetros, tal vez nos pondríamos a salvo de cierta anarquía normativa en nuestras relaciones con los demás, sin que ello deje de darle cabida en ciertos casos de incertidumbre al buen sentido de la razón.
Respecto al tópico que trata en su relación epistolar con Elizabeth, creo que es de una sabiduria tan esclarecedora, cuya validez es algo totalmente incontrovertible en estos tiempos tan confusos que hoy nos asisten.

 
 










sábado, 4 de febrero de 2012

ITINERARIO DE UNA TRIBU MUY ESPECIAL

 "No sientes, no sientes que en tu trastornado corazón,
   en tu desquiciado cerebro, es donde radica tu miseria,
    de la cual todos los reyes de este mundo no podrían
     sacarte". 
     Goethe: los sufrimientos de werther.

 Por: Manuel Donado Solano.


Antes, nos echábamos en cualquier café a otear el panorama y juntar proyectos. Nos alegrábamos, se mostraba una sonrisa hipócrita y poníamos con  gran preocupación una de las pocas monedas en la mano del mendigo de turno.

Así era el amargo jugo del mediodía. Sopesando con cierta incredulidad los favores que podía concedernos una ciudad perversa y farisea que nos conminaba a deambular como ánimas en pena por sus calles atiborradas. Ibamos de un lado a otro y viceversa; hastiados de los eternos locales comerciales, de las mismas filas de autos, del mundanal ruido que amenazaba con empozarse en nuestros sentidos y del caucho reverdecido y enfermo que parecía darnos una voz de aliento.

Claro!, es lógico que dentro de poco hemos de renunciar a todo; es conveniente que aceptemos nuestra postración ante el tedio que nos produce el deprimente espectáculo de una existencia opaca y mediocre.
Entonces, para qué seguir huyendo de nuestras miserias?. Acaso no llevaremos el germen de nuestra congoja dondequiera que estemos?

A ello hemos estado atados sin mayor miramiento: pululando entre la pena y la desdicha, rumiando el inveterado dolor que produce la sensación del nuevo día y afligidos por la inquietud de no encontrarnos a sí mismos.
Quienes se topaban con nuestra aversión, rezongaban que no todo estaba perdido, que aún faltaban por trasegar vericuetos menos sombríos; en el peor de los casos, nos inducían a diluirnos en las charcas del olvido. Entonces sentíamos despabilarnos, reflexionábamos y arremetíamos con los restos de nuestro temple hasta espantar aquellas ideas cual enjambres de moscas. Nos estaba dado vislumbrar la esencia última de la cuita, del placer más abyecto; o arrastrarnos a las más bajas pasiones sin dejar de modelar el peor de los vicios sin sonrojo alguno.

Sí, ese fue nuestro compromiso. No importaba desangrarnos sobre el cesped de los parques ni ir dando tumbos con el cerebro hecho añicos y después encontrarnos sobre las grandes peñas del tajamar que siempre parece insinuarse hasta el otro lado del mar.
Así fue el inicio del venerable complot para destripar la más siniestra de las soledades; el punto de apoyo para agredir a la monótona realidad de un entorno que en su diabólica cotidianidad, amenazaba con liquidar la profunda contemplación de un mundo barnizado por el oprobio y la sandez. Entonces, ¿quién puede vadear nuestra inexpugnable fortaleza?

"Nadie va a hacernos cambiar, señor", dijimos al dueño del bar que anoche trató de imprecarnos al notar los efectos de nuestra furtiva displicencia. Hubiésemos querido explicarle nuestra extraña condición de pequeños demiurgos que han trascendido todo tipo de fruslerias para abandonarnos a la loable tarea de sepultar las abominables cortapisas que han empequeñecido y abatido al género humano.

"Bueno,que le vamos a hacer. Allá ustedes", se dejó escuchar nuevamente la voz ahora tras la penumbra del mostrador. Sólo Claudia supo advertir la grandeza de nuestra empresa. Entre idas y venidas mientras secaba los restos de espuma que dejaban las cervezas sobre las mesas, nos observó de soslayo hasta susurrarnos con cierto dejo: "estoy con ustedes".

Volvimos a pensar en los tiempos idos, en el paquidermico paso de la noche, y desde los arrabales de la ciudad, escuchamos el estampido de la bala que a esa hora se complacia en destrozar las carnes del raponero de ocasión o del famélico exconvicto. Fueron segundos indescriptibles, acompañados del letargo que siempre nos trae lo más añejo de nuestra memoria.
Y así empezamos a perdernos en las entrañas de la noche, husmeando en lo más recóndito de su estela, la extraña holgazanería que siempre muestran sus horas. Sí, la hallamos. De veras que coincidimos en que ese aspecto macabro que muchas veces le imputamos no es mas que un juicio caprichoso y meramente subjetivo de quienes no tenemos ni pizca de bohemios. ¿Acaso puede ser más placentera la vida del noctámbulo que recorre con inusitada destreza cafetines de mala muerte, donde florecen los ímpetus del chacal y el tufillo del bohemio irredento? 
Indudablemente que ahí se condensa la sabia contemplación, instantes propicios para la meditación profunda. Claro está, otra cosa es dejarse llevar por las vulgares premoniciones mientras se observa a la ciudad adormitada entre los susurros de la gélida noche sin que el zumbido que producen los automóviles lleguen a rozar las tristes melodías que dejan escapar los bares a medio cerrar, mientras el mesero del delantal continúa apilando las sillas.

En el momento en que observábamos el afiche de Marilyn Monroe, vimos a Claudia cuando se dirigía a despertar al hombre entrecano que se había quedado dormido sobre la barra. Era una masa cetrina y deforme; al momento de palmear la espalda de aquel bulto, un leve temblor fue dándole forma a los torpes movimientos que empezaron a emgarzarlo todo en un solo cuerpo.

Así sellamos nuestro compromiso, dispuestos a deambular por los escabrosos senderos donde el desamparo es cosa de poca monta y la soledad no parece revelar su verdadera trascendencia. Pero qué importa!, hemos de seguir con nuestra cruz hasta el fin del mundo. Todo está dado para implantar el reino de nuestra sabiduría.
A medida que nos sumergiamos en la amable renuncia al pacato convencionalismo, la tenue fosforescencia de la madrugada fue llevándonos hacia aquel entorno de realidad-irrealidad hasta que la bofetada del aspa de luz de un auto en contravía nos puso al descubierto

No supimos en que momento empezamos a tamborilear sobre la madera grasienta ni a tararear el estribillo de aquel bolero grave y apesadumbrado que no cejaba en sus reproches a la vida. Era como estar enclaustrados, palpando pacificamente el más aleccionador de los fracasos.

"Vámonos, es la hora de nuestra ronda", inquirió Claudia.

Sólo después de algunos minutos, y cogidos de las manos, dimos pábulo a la legendaria tristeza de aquella mujer pintarrajeada que a esa hora invitaba a los esporádicos peatones a una mercenaria aventura de amor; rasgamos la gravedad de aquellos rostros abotagados e impusimos la ley del desgaste físico y moral.

"Pasaremos a la posteridad", exclamó el que caminaba en el extremo opuesto.

Nos detuvimos a un costado de la fuente a rememorar aquellos años mozos, cuando más que alelados, pensábamos en la felicidad; imaginándola cual hada ataviada de filigranas, ofreciéndonos con alegre sonrisa el ansiado aposento y a la mujer pacata y fiel. Evocamos con cierta sorna a esas tías marchitas y deshidratadas, embutidas en confortables sillones mientras desempeñaban el odioso papel de censoras.

Sólo alli comprendimos que ese espectro de la gran ciudad era el mejor leño para atizar nuestro fuego; la llave maestra que permitiría abrir las exclusas que nos pondrían frente al ansiado paraíso del dejo y la desidia. Sentimos pena por el delirio de Poe y el tormento de Fitzgerald, pero agradecidos de habernos enseñado que es menester mandarlo todo al diablo.

Ahora, cuando nos disponemos a cruzar el boulevar, intuimos que todo fluye correctamente, que pronto dejaremos de asombrarnos; y mañana, cuando se repita la eterna tragicomedia que entre bambalinas logra uncirnos a toda esta mierda, no sé que habrá sido de nosotros.

Este relato hace parte de mi libro de cuentos inédito "En Torno a una Rarta Espera" 






























jueves, 27 de octubre de 2011

ALGUNAS IDEAS ACERCA DEL CARÁCTER UTOPICO O POR EL CONTRARIO PESIMISTA DEL PENSAMIENTO DE FRIEDRICH NIETZSCHE COMO ALGO EXCLUYENTE Y POR ENDE PROBLEMÁTICO.

ALGUNAS DIGRESIONES  ACERCA DEL CARÁCTER UTOPICO O NO DEL PENSAMIENTO DE  FRIEDRICH NIETZSCHE. (A PROPÓSITO DE UNA VIEJA POLÉMICA)


Por: Manuel Donado Solano.  Mg. en Etica-Filosofía Politica. Uninorte-Univalle


Releyendo en una revista un artículo sobre el pensamiento de Nietzsche, traigo a colación  la controversia académica suscitada hace muchos años en el Teatro Amira De la Rosa, durante la primera sesión del conversatorio de filosofía programada por el Instituto de Filosofía de la Universidad del Atlántico “Julio Enrique Blanco” en ese año que no logro precisar, pero que dejó en mí una gran inquietud, debido a la temática de ese evento, la cual versaba acerca de si era posible ver en el pensamiento de Friedrich Nietzsche algún atisbo de utopía o si por el contrario podría considerársele como el más preclaro heraldo de la ineluctable decadencia que ha de padecer Occidente sin posibilidad alguna de sustraerse a tal acontecimiento, sería pertinente hacer,aunque de manera muy breve y bastante extemporánea, algunas digresiones muy generales, sobre todo cuando se trata de un coloso del quehacer filosófico, cuyo pensamiento, si bien tiene una hilación, ésta no se explaya en explicaciones ya sean de carácter sistemático,lineal o acabadas.

En este breve y somero escrito, primero que todo tendríamos que empezar diciendo que una utopía no siempre es la proyección etérea de un arquetipo que englobe un mundo paradisiaco y feliz sino también “un intento de descubrir las potencialidadesque las instituciones existentes ignoraban u ocultaban bajo la antigua capa delas costumbres y los hábitos”.1

En este mismo sentido, AntonioMonclús en su libro “El pensamiento utópico contemporáneo” nos dice que “en el utopismo estético, además de abogar por la destrucción del corrompido orden existente, hay una comparación de la sociedad imperante con relación a otra cosa, a otro hombre, a otra sociedad que bien se querría alcanzar”.2

Teniendo en cuenta la argumentaciónde las anteriores aseveraciones, podemos decir sin temor a equívocos que en Nietzsche esa labor de disección y crítica a que somete toda la tradición filosófica de Occidente, se propone, además de demostrar la falacia y el error que han entronizado la metafísica y el pensamiento lógico-positivo, potenciar a un hombre que en la medida  que él mismo se haga consciente del error y el engaño a los que ha estado sometido, será capaz de erigirse en un vigoroso creador con un impulso sincero hacia elconocimiento y la verdad así como de nuevos valores, propios de una existencia rica y pletórica.



Es de ahí que sería harto problemático aseverar tajantemente que Nietzsche no cree en el progreso. Por supuesto que no puede creer en un progreso que tenga como cimientos, por unlado a una ciencia cuyo fundamento sean leyes que no dejen de ser meras conceptualizaciones y abstracciones chatas de seres y fenómenos inclasificables por sus ricas facetas y matices, y a quienes para aprehender no basta la limitada racionalidad de una ciencia positiva que no hace mas que inventar ilusiones que plasma a través de metáforas que no expresan lo real pero que a causa de su convencionalidad han trocado tal ilusión y error en  una verdad.
        
Ahora bien,Nietzsche sabe que el hombre no soporta la verdad con toda su aspereza y realidad, y esto  le hace  inconsciente de esa ilusión y error en el quese encuentra. Entonces, ¿qué hacer para que el hombre encuentre su auténtico instinto de verdad y logre abandonar el error y la ilusión que le mantienen atado y se convierta en un ser verdaderamente libre de errores e ilusiones?¿Qué ha de conducirlo hacia esa condición ideal?

Que se haga consciente de esas ilusiones, además del conocimiento que logre edificar através del arte o cualquier otra sensibilidad y así evite entronizar como verdades, visiones estereotipadas del mundo y la realidad. 

Entonces,¿quién podría negar que aquí se esconde la búsqueda de un verdadero ideal?

Ahora, lo que sucede, como lo ilustré anteriormente, es que debemos precisar bien las diversas connotaciones que adquiere el vocablo utopía, por que de lo contrario,esto nos llevaría a equívocos como el de considerar en planos excluyentes lo que denominaríamos el pensamiento utópico y el visionario.

¿Y qué decirde lo que Nietzsche llama en su libro “Humano, Demasiado Humano”, los espíritus libres? 

      

 En lo concerniente a este tópico, finalizaréeste breve y sencillo escrito reproduciendo lo que dice al respecto Dolores Castrillo Mirat : “El espíritu libre de Humano, Demasiado Humano representa precisamente ese camello de la fábula de Zaratustra que se ha mudado en león. Allí, en la soledad del desierto, conquista su libertad, arrojando por la borda el peso de los valores y las creencias establecidas que el camello portaba en su joroba; pues quiere ser señor aunque sea en su propio desierto, y para ello se transforma en león capaz de un santo decir no a todo hasta cuanto entonces se venía tomando por bueno, belloy verdadero”3


1 Mumford, Lewis ; La condición del hombre, Fabril, Buenos Aires.
32 Monclús Antonio; El pensamiento utópico contemporáneo, Ediciones CEAC.Barcelona. 
3 Castrillo Mirat Dolores. Prólogo de Humano, Demasiado Humano de Friedrich Nietzsche. Pag 12. Editorial Alianza. Madrid. 1996. 

domingo, 16 de octubre de 2011

A PROPOSITO DE UNA VISION ARISTOCRATICA: EL NIHILISMO PASIVO COMO ELEMENTO CLAVE PARA ENTENDER LA PSICOLOGÍA DEL CRISTIANISMO, SEGUN FRIEDRICH NIETZSCHE.

Manuel Donado Solano.

En este breve y modesto escrito, se intenta poner de manifiesto, a grandes rasgos, la relación primigenia y fundamentadora entre lo que el pensador alemán llama la rebelión de los esclavos en el plano moral, encarnada en los ideales derivados de la transvaloración que conduce a la negación de toda pulsión vital de dominio, como algo característico en las valoraciones propias de ese ejército del resentimiento, y su condicionamiento por lo que Nietzsche denomina Nihilismo pasivo.

Podríamos aseverar, que en la llamada psicología del cristianismo, desarrollada por Nietzsche en la primera parte de su obra  Genealogía de la Moral, constituye un aspecto de capital importancia el papel que juega en el surgimiento de aquella, lo que él en sus Fragmentos póstumos llama Nihilismo pasivo, como bien lo anotamos arriba.

Es importante tener en cuenta para no dar lugar a equívocos, que el Nihilismo pasivo al cual nos referimos, es a lo que el filósofo de Röcken concibe como "aquel predominio de la compasión, la extenuación espiritual y la falta de disciplinamiento. Placer o displacer, a esto se reduce todo. Contramovimiento contra la delimitación y contra la hostilidad de las naciones"(Nietzsche Friedrich, Fragmentos Póstumos. Pag.10. Editorial Norma. Bogotá. 1993)
Ahora bien, si el denominado Nihilismo pasivo encuentra un fundamento sólido en el perdón, la resignación, la humildad y otros ideales del rebaño cristiano como algo propio de la impotencia y debilidad, traducida en su imposibilidad para afirmarse a través de la lucha permanente y la fuerza transformadora, entonces no deja de ser una actitud signada por el desaliento espiritual y el tedio que produce la convicción del sin sentido y la futilidad de todos los actos en esta vida terrenal, haciendo de ésta una existencia opaca y mediocre que renuncia a alcanzar los más trascendentales logros en función del poder y la dominación.

Siguiendo este orden de ideas podemos colegir, según Nietzsche,que "la valoración de la casta sacerdotal derivada de la competencia por imponer los valores propios del espíritu gregario, debido a su incapacidad para afirmarse en los instintos de dominación, la fortaleza y la guerra, ante lo cual, echa raices en ella el odio y la venganza, traduciéndose esto en la inversión aristocrática de los valores"(Nietzsche Friedrich. La Genealogía de la Moral. Pag.20. Alianza Editorial. Madrid. 1994)

No sería aventurado afirmar que una valoración que tiene su origen en la impotencia y la debilidad, mas que encarnar odio y venganza, hallaríamos en esa transvaloración la elección deliberada y consciente de un ser apacible que se ha resignado a obedecer dócil y sumisamente ante la adversidad tanto de las circunstancias así como a patrones signados por la tradición o también debido a la visión pesimista que anida en él al comprobar la futilidad de toda empresa en el mundo terrenal.
Se hace evidente aquí, según la concepción de Nietzsche, que el rebaño valora bajo el peso abrumador del desaliento y la extenuación espiritual, tornándose en la antítesis de aquella valoración que se da a partir de la actividad fundada en la necesidad de afirmar el despliegue de instintos de dominio y voluntad de poder, impregnando así el sello propio de la vitalidad y el ímpetu guerrero y transformador.
Pero tal vez, lo que no es perceptible a la visión del noble guerrero al valorar lo malo como lo bajo, mediocre, débil;e incapaz de luchar y transformar; es el hastío y la renuncia a acometer cualquier empresa deconstructora y revolucionaria debido al arraigado pesimismo que no da tregua alguna debido a la entronización de poderes ancestrales. Aquí podemos tomar como caso concreto la aparente claudicación de las huestes cristianas ante el Aguila romana. Ahora bien, cuando este rebaño de sumisos, débiles e impotentes logra convertir en ideales virtuosos sus limitaciones e impotencias como la misericordia, el perdón, la humildad, la bienaventurancia etc, es en este momento cuando, según Nietzsche, se ha operado de manera sutil el asalto que ha llevado al predominio de la moral de los esclavos.
Aquí, "la debilidad es transformada en mérito, la impotencia en bondad, la humildad, la sumisión en obediencia".(Nietzsche, La Genealogia de la Moral. Pag. 14.)

Junto a esta transvaloración que acepta y concibe como virtud a imitar la falta de acción, la quietud y la docilidad como signos o efluvios de una conciencia de lo intrascendente, vano y sin sentido, sería de vital importancia, teniendo en cuenta el norte al cual apunta este breve escrito, tomar en consideracon la manera como la aristocracia griega diferencia de sí al pueblo griego cuando dice: "a los filósofos recordémosle en que sentido se usan miserable, desgraciado, fracasar, tener mala suerte, desdicha "(Ibidem. Pag,55)
Es importante no pasar por alto que en esta valoración se encierra o participan sustancialmente en ella aquellos quienes han resignado toda posibilidad de acción creadora o subvertidora a un no-hacer. De ahí, que aquel estado de impotencia fuese asimilado al desgraciado o al signado por la mala suerte.

Como complemento ideal en el propósito de ver los inicios del Nihilismo pasivo en estrecha conexión con el proceso de transvaloración cristiana, es de gran ayuda entrar a analizar en qué consiste la felicidad para el rebaño cristiano. Veamos que dice Nietzsche al respecto: "Al nivel de los impotentes, de los oprimidos, de los llagados por sentimientos venenosos y hostiles, en los cuales la felicidad aparece esencialmente como narcosis, aturdimiento, quietud, paz, sábado, distensión del ánimo y relajamiento de los miembros, esto es, dicho en una palabra como algo pasivo"(Ibidem, Pag. 44)

Ahora bien, es innegable que en el pensamiento nietzscheano esta narcósis o mas explicitamente lo que él llama distensión del ánimo, la vuelta a la inmovilidad y al no-hacer como signo elocuente de la interiorización de una actitud nihilista. Una contraposición a los valores emanados de la voluntad de poder a través de una inactividad como producto del ineluctable fatalismo de una visión pesimista donde todo conduce a la inexorable nada.
Pero una de las mejores formas de dar vida y justificar el no-hacer como efecto del pesimismo y el desaliento espiritual que lo diluye todo en el sin sentido y la nada, es edificando de manera ideal un reino de la felicidad del más allá.
De esta manera la indiferencia, el dejo y la apatía que también se reflejan en la obediencia, el perdón y la sumisión, obtienen en la bienaventuranza su mas preciado galardón.

Pero veamos como lo deja traslucir Nietzsche en el siguiente diálogo:
_¿Y cómo llaman aquello que les sirve de consuelo contra todos los sufrimientos de la vida -su fantasmagoria de la anticipada bienaventuranza futura?

-¿Cómo?  ¿Oigo bien?  A eso llaman el juicio final, la llegada de su reino, el de ellos, el reino de Dios -pero entre tanto viven en la fe, en el amor, en la esperanza.

Mas adelante dice: -Para presenciar esto se necesita vivir largo tiempo, más allá de la muerte. (Ibidem.
Pag.55)

Nada mas acorde para justificar esa ausencia de ambición por transformar el entorno y dominar al otro como acción propia de una acción guerrera, que posponer sobre presupuestos tan utópicos e ilusorios el advenimiento de un reino donde el rebaño del cristianismo entonces podrá resarcirse de las desdichas y desventuras forjadas en el sopor de la abulia, indiferencia y dejo mientras contemplan extasiados el castigo a quienes en vida osaron desplegar todas sus facultades y pasiones vitales.

Aquí se hace presente lo que Nietzsche llama la venganza del rebaño del resentimiento con el advenimiento del juicio final donde se premiará a los buenos y se castigará a los malvados, dándose ese momento tan esperado por este ejército de lisiados para así ejercer su dictadura.
En el fondo, esto no deja de ser el mas engañoso pretexto de quienes optaron po un Nihilismo a partir del cual trasegarán por el ineludible sendero de la impotencia y las claudicaciones, desde donde mirarán de soslayo a los nobles y vigorosos guerreros que han osado echárse el mundo sobre sus hombros.


 


sábado, 1 de octubre de 2011

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 REFLEXIONES SOBRE LA GUERRA Y LA PAZ DESDE LA PERSPECTIVA ÉTICA Y JURÍDICA DE KANT Y KELSEN: GÉNESIS Y EFECTIVIDAD DEL DIH

Por: Manuel Donado Solano
      INTRODUCCION

El presente trabajo se traza como norte o intenta muy someramente buscar una aproximación entre los planteamientos tanto de Hans -  Kelsen como de Emanuel Kant sobre la necesidad de aclimatar la paz a través de la juridicidad, o sea, en el marco de la legalidad y el predominio de la Ley como premisa básica del Derecho Internacional al momento de evaluar y sancionar desde una instancia o Tribunal de carácter penal, aquellas conductas que transgredan la normatividad que regule la convivencia pacífica entre las naciones así como la comisión de acciones que se enmarquen como delitos de lesa humanidad.

En esta misma secuencia de ideas, es de gran relevancia la importancia de planteamiento de gran significado en el caso del Derecho y la Filosofía práctica, por prescribir de manera incontrovertible desde lo ético y lo moral, mandatos que tienen como norte la preservación y el respeto de la vida, la integridad física y la autonomía, así como la convivencia de las naciones.

Para llevar a acabo lo arriba expuesto, se hace necesario tomar muy brevemente en análisis, aspectos esénciales de estos dos pensadores en obras como “La Paz por medio del derecho” de Kelsen y “La paz perpetua” de Kant, las cuales se constituirán en referentes básicos para llevar a feliz termino lo que creo poder plasmar en este modesto escrito
Es a partir de lo anteriormente planteado que podemos insertar a Kant y Kelsen como dos ilustres pensadores que han influido notablemente en la génesis y el desarrollo del Derecho Internacional Humanitario, tan necesario en nuestros tiempos, los cuales se hallan signados por la violencia y la barbarie, tanto en los conflictos domésticos como en los de carácter Internacional donde campea la arbitrariedad y el irrespeto al Derecho Internacional, con tal de preservar la hegemonía y los intereses geopolíticos de las grandes superpotencias a través de lo que hoy se conoce como las más llamadas “guerras preventivas”.
2. LA NECESIDAD DE SOMETER LA GUERRA A UN CONTROL ÉTICO Y A LA NORMATIVIDAD DEL DERECHO EN EL PENSAMIENTO DE KANT Y KELSEN

Por lo general, cuando hacemos alusión a la irrupción de conflictos en el tejido social, se ha vuelto una creencia generalizada que éstos constituyen un elemento indeseable o demasiado perturbador que debe ser suprimido a toda costa. En este sentido dicho punto de vista debe ser aclarado en lo que tiene que ver con el hecho del carácter connatural e inevitable de aquellos en todas las sociedades o grandes grupos humanos en cuyo interior se mueve concepciones, expectativas y demandas de los más diversos grupos o sectores sociales.

En estas circunstancias, lo que se impone es la tarea de velar para que los actores de estas reclamaciones no acudan a el expediente de la violencia con tal de hacer prevalecer sus intereses y concepciones políticas sobre las del otro, llegando al extremo de acudir al terror y el asesinato sino que se busquen causes para que las contradicciones sean dirimidas de manera civilizada y se conviertan en un factor positivo que ayude al progreso.

Siguiendo este orden de ideas, aquí no sería de gran importancia traer a colación el papel en la concepción kantiana juega la triada razón, Derecho y paz, “ya que cuando la razón y el Derecho no han superado el estado de naturaleza, los juicios privados generan disensiones y conflictos, siendo necesario apelar al denominado uso práctico  o pacificador de la razón asociada al Derecho como medio eficaz que nos permitiría a través de la crítica o la juridicidad llegar a la paz”1.
Si nos atenemos al comentario del profesor Villar Borda, podemos afirmar sin temor a equivoco alguno que aquí encontramos una coincidencia entre Kant y Kelsen sobre el papel del Derecho al momento de contribuir a erradicar, o si es el caso, regular, la confrontación armada, ya sea de carácter domestico o entre Estados sometiendo a unos canales o controles éticos una práctica propia de la interacción humana como lo es la guerra.

1 Villar Borda Luis, La paz en la Doctrina de Derecho de Kant” pág. 46 Universidad Externada de Colombia Bogotá 1996
De acuerdo con lo anterior mente esbozado, podemos inferir fácilmente la necesidad o el carácter de prima facie que adquiere la observancia y acatamiento del Derecho Internacional Humanitario (DIH), fundado en el respeto de la dignidad humana y el cual podemos definir como ese conjunto de normas que regulan la conducción de la hostilidades y establecen un equilibrio entre las exigencias militares y el principio de de humanidad. Las exigencias militares implican que el único objetivo de las operaciones de los bandos contendientes es el debilitamiento de las fuerzas enemigas. Por lo tanto se prohíben las operaciones destinadas a agravar el sufrimiento del adversario sin lograr una ventaja militar importante. De igual manera nadie podría negar en este sentido que la prohibición de acciones como el asesinato de civiles o de combatientes heridos que han depuestos las armas, así como la utilización del secuestró y la tortura; o la toma de rehenes, esto es, la retención que se hace para obligar a un tercero – llámese Estado o un particular- a cumplir con ciertas exigencias o condiciones, o en el peor de los casos la utilización del terror contra poblaciones desprotegidas e inermes para disuadirlas de un posible apoyo al enemigo, constituyen un gran avance en la lucha por ponerle un limite en la guerra a acciones que degraden a combatientes y atenten directa e indirectamente contra sectores neutrales de la población civil, ajenos a la confrontación armada.

De lo anterior mente expuesto se vislumbra la necesidad de la primacía de un principio de humanidad fuerte al momento o durante la conducción de la confrontación armada, sin temor a equivoco alguno podemos decir que esto hunde sus raíces o adquiere su fundamento en la concepción ética de Kant, según la cual, al concebir al otro siempre como un fin en si mismo y nunca como un medio por el hecho de pertenecer a una comunidad racional capaz de darse libre y autónomamente proyectos de vida, resultaría inmoral e injustificable desde todo punto de vista que se acometan acciones que lesionen la humanidad del otro, ya sea utilizando la violencia y el terror para someter su voluntad.        


Además de lo anteriormente planteado, se hace necesario recordar que a diferencia de Kelsen, Kant hace un mayor énfasis en la filosofía práctica al momento de evaluar el proceso de la búsqueda de la paz como un imperativo ético con una inconmensurable fuerza vinculante cuando el pensador alemán expresa: “Este fin (el de la búsqueda de la paz) es un fin de carácter moral, ya que la razón práctico-moral expresa en nosotros su veto irrevocable: no debe haber guerra entre tú y yo en el estado de naturaleza, ni guerra entre nosotros como Estados”2  .

Aquí queda patentizado una diferencia entre el pensador Alemán y el Jurista Vienés en el sentido que mientras para el primero la paz es producto de un proyecto ético racional “para Kelsen como bien lo anotan Massimo la Torre y Cristina García la paz es producto de un perfeccionamiento del Derecho a través de sus instrumentos jurídicos”3 .        


Ahora bien, si bien es cierto que ambos pensadores no se hacen ilusiones acerca de la imposibilidad de radicar totalmente la guerra en las actuales circunstancias en las que predomina entre los Estados como al interior de ellos relaciones de dominación y poder, en el caso de Kant, el filósofo alemán propone en su obra “La paz perpetua”, unos presupuestos para el logro de la paz, los cuales denomina como artículos preliminares y artículos definitivos. En estos, el filósofo de Koenigsberg nos plantea la imperiosa necesidad de regular la conducción de la guerra a través de la aceptación y el reconocimiento por parte de los actores involucrados en el conflicto armado, aun en medio de la confrontación armada, de unos Derechos cuya observancia y respeto se constituyen en verdaderos causes    
Éticos que hagan viable un futuro entendimiento entre los actores enfrentados.




2 Kant Emmanuel Metafísica de las costumbres pág. 195 Editorial Altaya 1993   Barcelona
3 Kelsen Hans la paz por medio del Derecho  pág 27 editorial Trotta 2008 Madrid
Se hace entonces evidente la necesidad de que el Derecho entre a regular la guerra, ya que aquí luchan dos realidades: “la del ser de violencia que es la guerra y la del deber ser de lo normativo que es el Derecho. En otros términos, en el plano jurídico de la guerra luchan dos principios, el de la necesidad de la violencia para dañar al enemigo y el de los limites de esta violencia, para evitar daños inútiles”4.
De lo anteriormente citado cobra capital importancia la visión de Kelsen hacia el final de la II Guerra Mundial cuando logró entrever la necesidad de que el Derecho Internacional contara con un tribunal de carácter penal encargado de sancionar aquellas conductas punibles que violaran la normatividad internacional y nacional sobre leyes que regulen la lucha armada. Esto lo explicita el jurista Vienés en el siguiente párrafo: “Toda violación de las leyes de la guerra cometido por el miembro de un gobierno de un estado miembro, o por autorización de ese gobierno, debe ser procesado ante el tribunal ha pedido del Estado miembro perjudicado o del consejo. El tribunal está autorizado para condenar al individuo o culpable a la pena del Derecho penal del Estado cuyo órgano es responsable por el crimen de guerra dispone para el acto si este no es un acto del Estado”5. 
De lo expuesto hasta aquí, podemos colegir el papel determinante jugado por estos dos grandes pensadores en la creación del (DIH), así como en el proceso de estructurar  una normatividad  para una mayor efectividad al momento de penalizar las infracciones cometidas contra  el Derecho Internacional Humanitario en la regulación de conflictos armados tanto internos como de carácter internacional, signados por la barbarie y la descomposición.

Si bien es innegable el merito de Kant al publicar en 1795 su gran obra “la paz perpetua”, en la cual propone en uno de los artículos preliminares la prohibición a suscribir pactos o tratados que oculten segundas intenciones que puedan desatar otra guerra así como evitar durante la confortación armada, actos de sevicia y crueldad que hagan imposible la creación de espacios que hagan posible un      



4 Flores Fernández José Luis, Del Derecho de la Guerra pág. 47 Ediciones Ejercito 1982 Madrid
5 Kelsen Hans  op. cit  
acercamiento mediante la generación de confianza para que se pueda dar un proceso de paz. Lo anterior corrobora lo planteado por Villar Borda al aseverar que en la modernidad, la humanización de la guerra, encuentra en Kant su máximo exponente ya que “a diferencia de quienes le antecedieron, el filósofo de Koenigsberg reflexiona sobre formulas y principios que controlen los conflictos entre los hombres y las naciones”6.
También resulta de gran trascendencia del hecho del planteamiento de Kelsen en el sentido de la necesidad de que a través del Derecho Internacional se sancionen a través del tribunal penal internacional a los Estados transgresores del orden mundial o nacional, así como a sus representantes individuales al cometer actos o crímenes de lesa humanidad. Esto en cierto sentido fue un adelanto de lo que más tarde se conoce como Corte Penal Internacional  o Estatuto de Roma como mecanismo eficaz para ponerle freno a la violencia y los crímenes de lesa humanidad perpetrados en los conflictos armados por los Estados a través. Pero veamos en este extenso párrafo de que manera ya el jurista vienés se anticipaba al respecto: “castigar a los autores de una guerra significa hacer a ciertos individuos responsables castigándolos por actos cometidos por ellos mismos, por sus ordenes o con su autorización”. De la misma manera “que los actos del Estado son actos realizados por individuos en su carácter de órganos del estado y, por lo tanto, actos o transgresiones imputados al Estado” 7.

Sin lugar a dudas que lo anterior mente expuesto se constituye en un formidable paso para empezar a despejar las dudas y resquemores que en su tiempo – para muchos todavía validas hoy en día- abrigó Hegel, con respecto al ideal de paz concebido por Kant, en el sentido de crear una federación de Estados, regulaba por leyes publicas coactivas, aceptadas en común acuerdo a través de tratados o convecciones multilaterales, ante lo cual Hegel dudaba ya que para él, “esta en ultima instancia descansa en consideraciones propias de sus voluntades particulares y soberanas” 8.           

6 villar Borda Luis” pág. 36 op cit
7 kelsen Op. Cit. Pág. 92
8 G.F Hegel. La filosofía del Derecho  pag 330. Ediciones universidad central de Venezuela caracas 1976


Pensar en el carácter inevitables de los planteamientos del filósofo de Stuttgart, nos conducirá inevitablemente a avalar doctrinas o concepciones como el de “guerras justas e injustas” fincadas en el poder o soberanía que tiene cada Estado, según sus intereses e ideología, a declarar como enemigo o enemigos a otros Estados, y así quedar facultado, sin ninguna regulación jurídica internacional, a emprender la guerra. 
http://manueldonado.blogspot.com/ 

domingo, 18 de septiembre de 2011

ARGUMENTOS Y POSICIONES QUE CONTRIBUYEN A FUNDAMENTAR  LA PAZ COMO UN VALOR ETICO.
Por: Manuel Donado Solano.
Indudablemente que toda sociedad organizada racionalmente, requiere de una convivencia pacífica para hacer efectivo el cumplimiento de los principios jurídicos, de las leyes y de las costumbres. Esto hace que la paz al equipararse al medio o condición sine quanon mediante la cual se preserva y garantiza el goce de los derechos fundamentales y en especial el de la existencia, se convierta en una aspiración de carácter ecuménico al que tiende el género, adquiriendo la connotación de un valor ético.

Es de gran importancia tener en cuenta que entre las bondades que traería un estado de convivencia pacífica entre los pueblos, se resalta además de su papel como posibilitador del goce pleno de los derechos fundamentales, el de permitir el despliegue de una existencia rica y pletórica al poder desarrollar en armonía nuestras capacidades. Esto, debido a que en esas circunstancias, "las relaciones de amistad se traducen, normalmente, en relaciones de colaboración o, tal vez más exactamente, en relaciones de cooperación entre los grupos sociales que renuncian a la violencia física como medio de resolver los conflictos" (Férnandez Florez, José Luis, Del derecho de la guerra. Pag. 36. Servicio de Publicaciones del E.M.E Madrid. 1982)

En el mismo sentido, adquiere también gran significación la definición que sobre la paz plantea Bobbio al considerarla como "un estado de ausencia de guerra en tanto enfrentamiento violento continuado y duradero entre grupos organizados" (Bobbio, Norberto, El tercero ausente. Pag. 253. Editorial Teorema. Madrid. 1997)
Pero ante la creencia que equipara la paz no solamente a la ausencia de guerras sino de toda violencia, el filósofo italiano despeja lo que considera un equívoco cuando a renglón seguido y de manera aguda advierte "que la eliminación de la guerra entendida en sentido restrictivo no implica en absoluto la eliminación de la violencia en el mundo, sino sencillamente su limitación, o mejor aún, la eliminación del empleo de la violencia continuada entre grupos organizados" (Ibidem. Pag. 253)
La anterior aseveración no puede llevarnos a concluir que para el autor italiano la paz no sea un bien y la guerra un mal que la humanidad desea ver eliminado de raiz y erradicar así el peligro de una conflagración nuclear entre potencias que ponga en peligro la supervivencia de la especie.

Si echamos una rápida mirada retrospectiva a lo que ha sido el curso de la historia de la humanidad, vemos que ya en la antigua Grecia la consecución de la paz se había convertido en una aspiración que se dejaba traslucir en las obras de filósofos y poetas, donde estos últimos plasmaban bellamente a través de desesperados cantos y escinificaciones lo inconveniente de la guerra por la arbitrariedad, los horrores, la postración y toda la miseria que ella traía a las ciudades.
Es así como el sofista Isócrates, en su obra titulada De la Paz, nos dice en un extenso párrafo lo siguiente:
"La guerra nos ha traido indigencia, nos hizo correr muchos peligros, nos difamó ante los ciudadanos, y , en suma, únicamente en tormentos ha sido prolífica. Si, por el contrario, acogieramos la paz y nos condujéramos de acuerdo con los convenios, residiriamos en nuestra ciudad llenos de confianza, libres del flagelo de las guerras, de los peligros y de las discordias internas a las que hoy nos vemos reducidos. Nos enriqueceríamos día a día, al cesar de contribuir para los gastos y el mantenimiento de las naves militares y dejar de depositar cuotas para cubrir los costes de sus operaciones" (Isócrates, Sobre la paz. Tomado de Paris Varvaroussis, La idea de la paz. Pag 20. Editorial Temis. Bogotá. 1996.)
En Aristófanes, crítico mordaz de Pericles y de los generales espartanos a quienes acusaba de desencadenar la guerra fratricida entre las ciudades griegas,  también es notorio el anhelo por el restablecimiento de la paz.
En la comedia que lleva por nombre La Paz, Aristófanes, a través de su personaje Eirene, nos lega esta reflexión poética: "Paz, tan añorada por todos, eras de optimo beneficio en nuestra vida campestre; poe emanar de ti cada bien, por permitirsenos vivir una vida dulce y afable en aquel tiempo. A todo esto, la paz en su prolongada ausencia, tan distante de nosotros, ¿adónde ha ido a parar? (Horowitz, Louis Irvung. La idea de la guerra y la paz en la filosofía contemporánea. Pag 43. Ediciones Galatea. Buenos Aires. 1960)

Además de lo anterior, es evidente que ante los horrores, la violencia y las miserias que produce la guerra en el género humano, ésta es considerada como un antivalor mientras que la paz es visto como algo valioso.
Ahora, para algunos, conscientes del carácter inherente del conflicto a unas sociedades como las nuestras; policlasistas y multiculturales, "el valor de la paz se establece mucho mejor acentuando en el número de casos en que hay una correlación entre la paz y el progreso social que la mera insistencia en los horrores de la guerra" (Ibidem, Pag 50)
Aquí se hace evidente a todas luces que el fundamento ético de la paz estriba en que garantiza a la humanidad "el bienestar material a través de una evolución en armonía" (Horowitz. Op. Cit.Pag 43); concibiéndola, no como un valor en sí mismo, sino en tanto que sea favorable al desarrollo y preservación de los intereses económicos o comerciales del orbe.

Después de lo anteriormente expuesto, podría surgir la siguiente pregunta: ¿Es desde todo punto de vista pensar que un estado de convivencia pacífica, deba tener como caracteristica fundamental que en él se proyecten necesaria e incondicionadamente otros valores básicos?
Ante semejante interrogante, veamos lo que plantea el profesor Angelo Papacchini: "Ni siquiera es necesario -ni conveniente-  transformar la paz en el primero de los valores o en un valor absoluto e incondicionado, puesto que su valor queda supeditado, en últimas, al de los fines que ella contribuye a realizar: el goce de la vida, de las libertades y de los derechos fundamentales" (Papàcchini Angelo. Los Derechos humanos, un desafío a la violencia. Pag. 376. Ed. Altamir. Bogotá. 1997)

Ahora lo problemático de entrar a considerar la paz como un valor absoluto e incondicionado consiste en desconocer de tajo "que los hombres no renunciarán a la lucha por la seguridad económica así como a otros derechos fundamentales sólo por conservar la paz; ya que una paz de esta índole, socavaría las bases de la existencia humana al negar la dirección de la evolución social" (Horowitz Op.Cit. Pag.43)

En lo arriba expuesto, encontramos el fundamento a la licitud de un derecho a utilizar la fuerza con tal de hacer prevalecer los derechos fundamentales básicos cuando estos han sido escamoteados flagrantemente, impidiendo a toda costa el más mínimo respeto a la dignidad humana.
Ahora, la historia es pródiga en ejemplos de esta clase, al mostrarnos en sus páginas, casos típicos de levantamientos, sublevaciones y revoluciones que han tenido como causa esencial la liberación de yugos y regímenes oprobiosos que han conculcado los más elementales derechos. Pasar por alto estas consideraciones esbozadas anteriormente y pensar que la paz debe ser alcanzada a cualquier precio, nos llevaría inexorablemente a tener que aceptar el argumento hobbesiano según el cual la búsqueda de la preservación de la vida como máxima aspiración de los contratantes que dan origen al pacto, autoriza al gobernante a utilizar sin límites ni restricciones la fuerza del Estado con tal de garantizar el cumplimiento de ese objetivo.

Lo problemático de esta argumentación radica en el hecho que en una situación de conflicto y enfrentamiento se legitimaría el uso de la violencia y el despotismo por parte del Estado como medio expedito para asegurar la convivencia entre los asociados, asumiendo el riesgo de desatar una guerra de carácter punitivo, dándole cabida así a la entronización de un estado de violencia generalizada donde ni siquiera se tendrían en cuenta mínimamente la normatividad del Drecho Internacional Humanitario que ha de regular la guerra.



lunes, 12 de septiembre de 2011

LA ÉTICA COMO CRITERIO INDISPENSABLE E INCONTROVERTIBLE  AL MOMENTO DE  EVALUAR  LA POLÍTICA Y LA GUERRA.

Por Manuel Donado Solano.

Un aspecto que no podemos pasar por alto y el cual debemos resaltar, tiene que ver con el hecho que en la tradición de la filosofía política suscita el carácter problemático de la relación entre ética y política. Esto, debido al interrogante que deja abierto el hecho de considerar a la política como ese juego de fuerzas dirigida por una racionalidad pragmática hacia la búsqueda y conservación del poder político sin reparar en restricciones y escrúpulos de carácter moral, de un lado; y por bel otro, a la ineludible exigencia del acatamiento y observancia de criterios y principios ético-morales que guíen la toma de decisiones políticas así como en el desempeño de la misma.

Para hacer más explícito el enfoque expresado anteriormente, sería pertinente traer a colación el siguiente comentario del profesor Angelo Papacchini: "los que defienden la autonomía de la política tachan de moralismo abstracto a quienes pretenden desconocer lñas exigencias peculiares del juego político que debería responder a su propia lógica interna, más que a postulados y axiomas impuestos desde afuera. Quienes proclaman por el contrario, el primado de lo moral, condenan como una actitud irresponsable y cínica de quienes descuidan y subvaloran todo lo que no tiene que ver con cálculos estratégicos de eficacia" (Papacchini, Angelo. Los Derechos humanos, un desafío a la violencia.Pag. 405. Ed Altamir. Bogotá)

Desde ningún punto de vista puede considerarse como algo útopico que la política, generalmente equiparada por su misma dinámica a la conjunción de fines poco claros e intereses encontrados y cuya faticidad se mueve muchas veces entre máximas propias del cálculo egoista, se imponga como un deber la regulación de su actividad mediante principios ético-morales de carácter universal.
Esto adquiere mayor relevancia sobre todo si tenemos en cuenta que "el criterio de la dignidad pretende medir la moralidad de los seres racionales -y también de los políticos- en función de cual sea la manera de tratar a los demás sujetos implicados en una decisión. Considerando que las personas, por su autonomía, por su capacidad autolegisladora, son portadoras de dignidad, de un valor absoluto, y no son reductibles a precio, a instrumentos de cualquier fin, por muy legítimo que sea, las decisiones políticas se sitúan ante uno de los límites morales más agudos" (Bonete Perales, Enrique. La política desde la ética. Tomo I. Pag.29. Ediciones Proyecto@. Barcelona. 1998)

Pero no obstante del carácter incontrovertible de la anterior aseveración, en la tradición del pensamiento político occidental han existido quienes desde una óptica opuesta han sostenido la firme convicción de la necesidad y conveniencia de una separación tajante entre la esfera de lo político y la de lo ético-moral; eximiendo a la primera en su pragmática e intrincada dinámica, de todo límite o restricciones de carácter moral que en un momento dado pueden entorpecer o dar al traste con los más caros proyectos o elevadas razones de Estado.

Entre los más connotados y fieles exponentes de esta concepción, encontramos al secretario florentino Nicolás maquiavelo, quien, según la tesis del filósofo italiano Benedetto Croce, "es quien descubre la necesidad y la autonomía de la política, la cual está más allá del bien y del mal moral, tiene leyes ante las que resulta inútil revelarse y nopuede ser exorcizada y manejada desde el mundo con agua bendita". Y mas adelante agrega: "el pensamiento de Maquiavelo encuentra inusitada vigencia entre aquellos quienes hacen un esfuerzo para clasificar el concepto de prudencia y astucia y en poco o casi nada de la virtud política, sin que para nada sea confundido con el de virtud moral, y también sin dejar por fuera la posibilidad de negar lo anterior" (Croce Benedetto, Politics and Moral. Pag.59-64. Philosophical Library. New York, 1945)

Hacer viable una actividad sustentada bajo los derroteros de la concepción anteriormente analizada nos conduciría fácilmente a instaurar un Estado fundado, además de las relaciones de poder, en el fraude, el despotismo y la arbitrariedad con tal de garantizar su supervivencia y seguridad. La supremacía de las razones de Estado y su defensa avalarían incluso actos y conductas inmorales; plasmadas en los procedimientos más crueles y reprobables con tal de preservar el "orden" y el establecimiento institucional. Indudablemente que esto se haría extensivo a ese juego de fuerzas, propio de la actividad política, en su brega por la conquista del poder.

En este orden de ideas, nos resulta claro colegir que la experiencia de los hechos históricos nos han mostrado hasta la saciedad que todo aquello que tiene que ver con los preparativos de la guerra, ineludiblemente constituye una parte esencial de la política. En este sentido podemos decir que desde una perspectiva ética sea imposible legitimar, desde todo punto de vista, cualquier proyecto político que cuente con la guerra y el asesinato selectivo como principios básicos, así como iniciar una guerra o confrontación armada, por muy justa que esta sea, donde se apelen a medios o métodos crueles y degradantes que violen flagrantemente la dignidad humana entre combatientes y no combatientes, perdiendo así cualquier viso de legitimidad.

Teniendo en cuenta lo que se ha venido planteando, cobra gran importancia lo concerniente al hecho de que la política y la guerra deben ser sometidas al escrutinio de la ética como condición esencial para el respeto de los derechos de los actores armados enfrentados y de la población civil ajena a la guerra.